Jardin Rosas


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Una de las tradiciones más encantadoras asociadas con San Francisco de Asís tiene lugar en el Rosaleda, junto a la Basílica de Santa María de los Ángeles. Según una leyenda centenaria transmitida desde al menos el siglo XIII, Francisco se vio atormentado por dudas y tentaciones mientras buscaba una vida de fe radical y sencillez. En su angustia, se dice que se revolcó desnudo entre las zarzas espinosas que crecían en los alrededores donde él y sus primeros seguidores vivieron, buscando mortificar su carne y superar estas luchas espirituales.

Lo que hace única a esta historia es lo que sucedió después: al entrar en contacto con los arbustos espinosos, se dice que las espinas desaparecieron milagrosamente, transformando las zarzas en rosas sin espinas. Se dice que esta distintiva variedad, conocida localmente como Rosa canina Assisiensis, crece únicamente en este jardín, y sus tallos sin espinas son vistos por peregrinos y visitantes como un símbolo de pureza, gracia divina y la transformación de la debilidad humana a través de la fe.

Hoy en día, este Rosal de San Francisco sigue siendo un lugar de serena reflexión y asombro. Las rosas sin espinas florecen aquí año tras año, atrayendo a visitantes que vienen no solo a admirar su belleza, sino también a conectar con el significado espiritual de la leyenda. Caminando entre estas singulares rosas, muchos peregrinos reflexionan sobre la profunda humildad de Francisco y su creencia en la armonía entre todas las criaturas y la creación.

Ya sea entendida como historia literal o como tradición simbólica, la historia de las rosas sin espinas ha perdurado porque captura algo profundamente central en la espiritualidad franciscana: que el sufrimiento y la lucha pueden transformarse en belleza cuando se ofrecen con fe, humildad y apertura a la gracia de Dios.

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