Virgen presenta a San Francisco de Asis con el Nino
La Virgen María presentando al Niño Jesús a San Francisco de Asís, de Peter Paul Rubens (1618)
En el panteón de las obras maestras del Barroco, la representación de Peter Paul Rubens de la Virgen María presentando al Niño Jesús a San Francisco de Asís se erige como la cumbre del arte de la Contrarreforma. Encargada originalmente alrededor de 1618 para el Altar Mayor de la Iglesia Franciscana de San Antonio de Padua en Amberes, esta obra captura una profunda intersección entre lo celestial y lo terrenal. Sirve no solo como testimonio de la brillantez técnica de Rubens, sino también como una vívida narración de intimidad espiritual y gracia divina.
El núcleo de la composición se define por un momento de inmensa ternura e intercambio sagrado. San Francisco de Asís es representado arrodillado en humilde devoción ante la Virgen María para recibir de sus benditas manos al Santo Niño Jesús.
Los rostros de la Virgen y el Niño están marcados por una serenidad etérea; sus miradas, tranquilas y apacibles, contemplan al santo. En respuesta, San Francisco extiende sus brazos para recibir al Niño; su expresión es una mezcla compleja de una mirada amorosa y un aire de total confianza, reconociendo el honor inimaginable y la alta deferencia que se le otorgan. Continua leyendo después de la publicidad
Rubens utiliza el color y la textura para enfatizar el vínculo entre lo divino y lo mortal. El elegante atuendo de María, pintado en vibrantes rojos y azules profundos, ofrece un marcado contraste visual con el hábito de San Francisco, confeccionado con una pesada tela marrón. Entre estas dos figuras se encuentra la vulnerabilidad del Santo Niño, cuyo cuerpo desnudo simboliza su humanidad. La conexión física se captura con minucioso detalle: San Francisco ya ha comenzado a sostener al niño con su mano izquierda, mientras extiende tiernamente la derecha hacia la hermosa cabeza del Niño.
La atmósfera de la pintura es de revelación repentina y cegadora. En el reverso izquierdo del lienzo, se ve al atónito Hermano León, cubriéndose los ojos en un intento desesperado por procesar la radiante visión que lo ha deslumbrado. Esta reacción humana de conmoción realza la cualidad sobrenatural de la escena. Sobre las figuras centrales, el cielo parece abrirse, donde dos grupos de querubines —un trío y una pareja— se extienden desde las nubes para presenciar el encuentro milagroso.
Hoy en día, aunque el legado de este encargo sigue ligado a la historia de Amberes, la composición sigue celebrándose a través de versiones conservadas en prestigiosas instituciones como el Museo de Bellas Artes de Gante y el Museo Real de Bellas Artes de Amberes. Con esta obra, Rubens transformó con éxito un momento de experiencia mística privada en un espectáculo público de fe, definido por la rica paleta de colores y el movimiento dinámico que caracterizan su estilo perdurable.



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