Violin por Fray Ignacio Larranaga

 

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EL VIOLÍN. Por Fr. Ignacio Larrañaga

Los dolores avanzaron en un crescendo continuo. El hermano se contorsionaba clamando a DIOS, y cuando los dolores llegaron y superaban el paralelo de la resistencia humana, nunca nadie sabrá lo que sucedió al hermano crucificado.

El dolor y el placer se identificaron. El Calvario y el Tabor se abrazaron y se fundieron. Nadie sabrá explicarse si Francisco estaba en el cuerpo o fuera del cuerpo, si perdió el sentido o fue momentáneamente arrebatado de la tierra de los vivientes. El hecho es que el Hermano comenzó a oír los arpegios de un violín, al parecer ejecutado por un ángel. La música hizo que se perdieran las fronteras entre el dolor y el placer.

Después, como quien despierta de un dulce sueño, el Pobre de DIOS volvió en sí: “Hermano león, si el ángel hubiera tocado un acorde más, yo hubiese muerto ahí mismo. La Misericordia: también esta palabra debes escribirla siempre con mayúsculas, hermano León.

Hubo, sin embargo, una noche en la que estallaron todos los cerrojos. Aquella noche la desolación tocó fondo. El PADRE le retiró toda consolación. Se diría que se desataban las fuerzas del infierno abatiéndose todas juntas en un asalto final sobre el pobre enfermo.

Aquella noche, el Hermano deseó morir para verse libre del sufrimiento.

A media noche, en el momento más álgido, se incorporó en un impulso de desesperación para gritar: “SEÑOR mi DIOS, ¿hasta cuándo? No puedo más. Llévame por favor.”

De pronto, todo se puso en movimiento ¿Qué? ¿Cómo llamarlo? Era, se llamaba júbilo. Era colmena, ternura, embriaguez.

___Hermano León, pásame el violín ___dijo Francisco. Fray León pensó que el Hermano deliraba, y le habló como a un niño pequeño:

___Estas soñando, querido Francisco. Lo del violín fue la noche pasada, días atrás. Ya no hay violines, Hermano Francisco.

___ ¿Cuántas veces tengo que decirte, hermano León, que sólo los ciegos verán prodigios? Sal fuera. Corta dos ramas bastante gruesas del cerezo que está frente a la puerta y tráemelas.

Se las trajo. Francisco las tomó. Colocó una rama apoyando una punta en la mano y la otra en el hombro, a modo de violín. Con la mano derecha tomó la otra rama como si fuera el arco de un violín.

Y Francisco se “ausentó” por toda la noche. Hasta la madrugada no cesó de pasar una rama sobre la otra, como si estuviera ejecutando una sonata. Abría la boca como si estuviera cantando. Miraba con los ojos ciegos bien abiertos hacia arriba como si algo viera. Así pasó toda la noche. Su alma estaba completamente ausente.

Fray Ignacio Larrañaga

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