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San Antonio predicando a los peces, atribuido a Francisco de Herrera el Viejo (1630)
Esta pintura, realizada para el Convento de San Antonio de Padua en Sevilla, se menciona desde el siglo XVIII como una obra de gran importancia. Históricamente atribuida a Francisco Herrera el Viejo, nuevos estudios indican que es de Alonso Cano, quien se formó con Diego Velázquez en Sevilla. Cano, originario de Granada, pintó este lienzo monumental alrededor de 1636, antes de mudarse a Madrid en 1638 para trabajar para el rey Felipe IV.
La pintura representa un episodio poco común de la vida de San Antonio, ocurrido cuando fue a predicar a Rímini, en la costa adriática. La gente se negó a escucharlo, así que se dirigió a los peces, quienes sacaron la cabeza del agua para oír mejor su sermón. Aquí, el santo aparece arrodillado y abriendo los brazos hacia los peces, mientras un franciscano hace un gesto de sorpresa ante el milagro. El tamaño, la escala y la técnica pictórica suelta sugieren que la obra estaba destinada a ser vista desde la distancia. Continua leyendo después de la publicidad
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La composición se desarrolla a lo largo de una orilla tranquila, donde San Antonio se arrodilla sobre la ribera rocosa con los brazos suavemente extendidos hacia el agua, mientras proclama el Evangelio a las criaturas que tiene ante sí. Bancos de peces emergen a la superficie y alzan la cabeza con atención, como si escucharan cada palabra, transformando el milagro en una escena de notable serenidad más que en un espectáculo. Detrás del santo se encuentra otro fraile franciscano; su mano alzada y su expresión de asombro subrayan la naturaleza extraordinaria del acontecimiento. Un árbol robusto enmarca las figuras, mientras las aguas tranquilas y el cielo pálido crean un telón de fondo apacible que dirige la atención del espectador hacia el diálogo silencioso entre el predicador y la creación. La paleta contenida —compuesta por marrones terrosos, azules suaves y verdes tenues— refuerza la atmósfera contemplativa, permitiendo que el milagro mismo se convierta en el verdadero centro de atención de la composición.
Al representar a los peces como oyentes atentos en lugar de espectadores pasivos, el artista transforma el milagro en un recordatorio visual de la armonía de San Antonio con la creación; un tema profundamente arraigado en la espiritualidad franciscana, según la cual toda criatura es capaz de glorificar a Dios a su manera.

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